domingo, 28 de octubre de 2012

Kai


El la abandonó, sin que ella siquiera lo notara. La compañía de hastío, silenciosa, melancólica, en tardes de ruido y noches de cansancio. La dejó aquel atardecer con un juramento atado a una gaviota, la promesa muda de jamás volver.
Estaba sentada en la arena cálida frente a él, esa primera y única pasión. Tenía los pies descalzos y abrazaba sus piernas. Se hacía más chiquita mientras lo contemplaba, como obnuvilada por su inmensidad. No hablaba. Jugaba a ni mirarlo, cerraba sus ojos y sólo de a ratos lo espiaba, para comprobar que no era un engaño de sus ilusiones, que era real. Prefería escucharlo rugir y calmarse, sentirlo en ese vaivén de melodías vigorosas y silencios de paz.
Sobre su mejilla resbaló esa lágrima ciega. Bailó al ritmo de la brisa y se hundió en la arena. Era la última pena, el resquicio final de épocas en las que el sol podía ser la luna y la luna podía bien no ser nada.
Ya no quedaban rastros de tristeza. Fulgurante, ese primer amor la había disipado. Sintió como el resplandor ínfimo enardeció en apenas un segundo. Aquella llama que creía apagada revivió en espiral, intensa, reluciente. Intacta.
Era lo único que necesitaba. Ella y su cuerpo. Ella y su alma. El reencuentro que en sus sueños imaginaba. Volverlo a ver. Que la llene de vida. La pena no volvería nunca más, lo sabía, si permanecía a su lado. Ese elixir. Su alegría y energía. Inmenso y eterno. Su mar.

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