Las yemas de sus dedos se tocaron, sus manos se entrelazaron. Una luz nácar se disparó mansa hacia arriba. Un dulce magnetismo acercaba sus miradas. Pudieron ver tan dentro del otro que en apenas dos segundos conocerieron sus temores, frustraciones, pasiones, satisfacciones y deseos. Supieron el tono de sus voces sin haber dicho una palabra. Sus labios reflejaban el centelleo perlado del polvo con que las estrellas los bañaban. El centro de sus bocas entreabiertas se tocaron, un ardor los recorrió y ellos jugaron. Jugaron a morderse, a perderse y a encontrarse, a saborearse. Eran seda, cereza, nueces, frambuesas, avellanas y moras. Fueron inmortales anónimos que crearon el infinito sin palabras, en un beso.
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